martes, 21 de septiembre de 2010

CONFESIONES DE UN LECTOR DE BORGES

CONFESIONES DE UN LECTOR DE BORGES
Agustín Romano


Lejos de maravillarse, el pensamiento objetivo debe ironizar.
Gastón Bachelard


Advertencia a modo de disculpa

Estimada lectora, amable lector: sabrás por tu propia experiencia que si hay algo difícil en estos momentos, es practicar el viejo arte de la lectura. Pero debo confesarte, desde ya, que el propósito de este pequeño ensayo se me presenta como paradojal.
Por un lado, quiero exponerte alguno de los “paradigmas” por los que he transitado a lo largo de varias décadas de lecturas borgeanas, que tal vez te ayuden a ubicar en qué nivel te encuentras con las tuyas, si es que ya eres un adepto o acaso estás contagiado de la “peste Borges”.
Y por otro lado, quiero – he aquí la paradoja ¬¬– advertirte que casi todos los paradigmas que adopté en algún momento fueron “falsados” en el mejor estilo popperiano y que, en consecuencia, corres el riego de llenarte de confusiones y dudas, o de aumentar las que ya te aquejan; o, en el mejor de los casos, de estar leyendo un trasto que tal vez dentro de muy poco yo mismo haga ingresar al “desván de las teorías desechadas y superfluas”, como ya me ha ocurrido más de una vez.
Mi único consuelo es pensar que a todos los productos de la ciencia les pasó o les pasará lo mismo, según nos enseñan desde distintos tonos el bondadoso Bachelard, el cáustico Popper, el desconstructivo Derridá o el revolucionario Kuhn.
A partir de aquí puedes, por lo tanto, ocupar el tiempo que te llevaría leer esto en escuchar música, pasear a tu perro o estudiar alguna cosa importante. Pero si deseas continuar leyendo, me gustaría que te reconfortaras conmigo pensando, como dice don Gastón Bachelard. que “La conquista de lo superfluo otorga una excitación espiritual mucho más grande que la conquista de lo necesario” porque, como agrega de inmediato, “el hombre es una creación del deseo y no de la necesidad”.

La historia de mis “errores”

Lo que intentaré de aquí en adelante es mostrarte, al modo de ese tipo de psicoanálisis especial del que hablaba el autor de la Filosofía del no, la historia de mis “errores” de lecturas borgeanas.

1) Primera lectura o “Cuando leer era una fiesta”: Borges llegó a mis manos en mi juventud. Y como es de suponer, mi primera lectura fue, como todas las de esa época, típicamente ingenua, hedónica y sin método.
Desde mi adolescencia, solía compartir con un grupo de amigos los autores que cada uno de nosotros iba descubriendo y que luego discutíamos mientras tomábamos café en algún boliche de San Fernando o Tigre, o mate en alguna de nuestras casas.
Kafka, Nietzsche, Platón, Lorca, Marx, Baudelaire, Arlt, Darwin, Neruda, Ingenieros, Freud, Borges y tantos otros, fueron devorados en auténticas fiestas dionisíacas. Pobres autores, ¡qué tonterías no habremos dicho sobre ellos! ¡Qué herejías no habremos cometido!
Pero a pesar de todos los defectos que pudieran tener estas lecturas y sus comentarios, había allí, sin embargo, algo amoroso muy parecido al proceso de “elección de objeto”, ya que gracias a ellas pudimos definir nuestras vocaciones, nuestros gustos literarios y nuestros primeros compromisos políticos.

2) Segunda lectura o “Cuando el sol giraba alrededor de la tierra”: El segundo error de lectura que quiero confesarte, amable amiga o amigo, y ahora sí específicamente sobre Borges, es el de intentar explicar cada uno de sus textos de un modo sistemático en forma “particular y aislada”, partiendo de lo que aparece a simple vista en cada uno de ellos (lo que no nos ahorra complicaciones, si tenemos en cuenta la lectura que realizó Aristóteles del universo a partir de “ver” el sol girando en el cielo).
Así que en este período intenté leer los textos partiendo de un supuesto “realista”. De modo que, por ejemplo, el Zahir, el Aleph, Emma Zunz y los hermanos Nilsen fueron considerados entes reales (dentro de la ficción, se entiende), y que el Poema Conjetural no fue para mí otra cosa que la evocación hecha por Borges de la muerte de uno de sus antepasados.
Varios fueron los métodos que ensayé en este período, con mayor o menor fortuna y eficacia: el estructuralista, el cabalista, el psicoanalítico, el histórico, etc. Para entonces ya había alcanzado en mi formación el nivel universitario.
Del mismo modo, los juegos con el tiempo, el sueño o la irrealidad que se dan en otros cuentos, poemas y ensayos, intenté explicarlos también “aisladamente”, sólo en relación con el texto en donde aparecían.
Pero a medida que avanzaba cuantitativamente en mis lecturas, fui tomando conciencia de las paradojas que se encerraban en la literatura de Borges, y de que no sólo tenían que ver con los conceptos opuestos de sueño y realidad, sino también con los de caos y laberinto, eternidad y tiempo, y otros muchos.
¿Cómo explicar, pongamos por caso, que en la misma Obra aparezcan la idea unitaria que se da en El Zahir y a la vez la de multiplicidad que se halla en El Aleph, y las dos referidas al mismo ente: la Divinidad?
Preguntas de este tipo, como podrá imaginar, hicieron que abandonara las explicaciones aisladas de cada texto para intentar una que pudiera resolver las paradojas y dar cuenta de la Obra como totalidad.

3) Tercera lectura o “El giro copernicano”: El paso siguiente fue, por lo tanto, tratar de encontrar una hipótesis totalizadora que me permitiera integrar no sólo las contradicciones filosóficas, teológicas o de cualquier índole, sino también aunar el material narrativo con el poético, el ensayístico e inclusive con el periodístico.
Tal intento significó tener que dejar de lado lo que se daba “a simple vista” y de un modo manifiesto en cada texto, para buscar los sentidos latentes y finalmente la estructura profunda del sistema que, tal vez, diera coherencia a la Obra.
Desde entonces, te aseguro, la literatura borgeana se me presentó como un único y gran enigma policial en el que cada texto particular representa un misterio – o varios – que es necesario resolver y que, si somos capaces de hacerlo, sólo nos da un indicio o una clave para resolver la Obra como totalidad.
Embarcado en esta lectura, pude comprobar que no existe, como es habitual en el género creado por Poe, el equivalente al último capítulo en donde el detective da la explicación del enigma. En ningún texto particular borgeano se cumple esta función.
La hipótesis que se me presentó como más viable para dar solución a los problemas que se me acuciaban puede ser formulada del siguiente modo:
a) Antes que cualquier otra cosa, la Obra borgeana es una unidad lingüística.
b) A pesar de las apariencias y de las opiniones del autor, este lenguaje sólo denota un único y verdadero ente: Dios.
c) El resto no es más que el conjunto de sueños soñados por Él o de los sueños de sus sueños al infinito.
d) Si en este lenguaje aparecen contradicciones, es porque esta divinidad no tiene como atributo principal la lógica (que, en definitiva, le impondría limitaciones de todo tipo) sino la voluntad y la libertad llevadas al extremo como, por ejemplo, el de poder cambiar el pasado y el futuro o de generar infinitos futuros opuestos entre sí.
No se te escapará, inteligente lectora o sagaz lector, que lo que en definitiva proponía en esta hipótesis era que, tanto Emma Zunz como los hermanos Iberra, los hermanos Nilsen o don Nicanor Paredes, eran productos del sueño del mismo modo que el mago de Las ruinas circulares.
Es indudable que el poder establecer la unidad de la Obra a partir de la similitud o la igualdad de los entes borgeanos tiene sus ventajas, pero notarás que esta hipótesis era de un carácter muy general y que en definitiva equivalía a establecer una total oscuridad en la que todos los gatos eran pardos.
Dentro de la unidad y de la similitud había que contemplar también las diferencias.

4) Cuarta lectura o “La relatividad canta sus salmos”: Al tener que leer a Borges desde la diferencia, lo primero que se me presentó fue la necesidad de tener que discriminar dentro de su lenguaje la producción de zonas significantes que se destacan entre sí de un modo claro y distinto, con el fin de lograr su identidad. Esto me obligó a tener que buscar significados relativos. ¿Pero relativos a qué?
La respuesta hallada en este punto de la lectura me pareció, en su momento, más que evidente. Consistió en vincular cada texto con una cultura específica o, mejor dicho, con más de una.
Así es que cada escrito, cualquiera que fuere – pensé – puede ser identificado con uno o varios ámbitos culturales o considerarlo perteneciente a ellos, luego de efectuar el correspondiente develamiento “policial” al que ya me he referido.
¿Acaso los hermanos Iberra no son una versión de Caín que sigue matando a Abel? ¿O la causa del crimen de los hermanos Nilsen podría tener otra explicación más ajustada a la Obra total que no fuera vinculándola al concepto de areté homérico combinado con el mito platónico del Andrógino?
Es pues – me dije – a partir de los distintos órdenes culturales y de sus interrelaciones que se generan dentro del Gran Sueño, significados cuyo carácter es simbólico y que debemos descifrar reconstruyendo intertextualidades, que no siempre se dan de un modo explícito.
Las culturas griega, latina, cristiana, hebrea, musulmana, americana, oriental, nórdica, germana, criolla y cuantas se te ocurra imaginar se hallan presentes en esta gigantesca maquinaria significante a través de ideas, autores y libros (no siempre de fácil lectura y ubicación o, a veces ficticios) que al combinarse dan como resultado repeticiones, variaciones y oposiciones al infinito.
Te puedo asegurar, querida amiga o querido amigo, que en este tipo de lectura todo iba muy bien. Basado en esta hipótesis di innumerables charlas y cursos como profesor.
Pero... ¡siempre hay un pero! Un día descubrí que el fundamento en que esta lectura se asentaba era falso. El Dios soñador, el que generaba todas las posibilidades y todos los mundos posibles, el único sujeto existente, el eje de toda la Obra, tampoco existía.
Quien se encargue de leer minuciosamente a Borges podrá comprobar que ya desde sus trabajos juveniles, cuando utilizaba a los griegos con Zenón de Elea a la cabeza, seguidos por los idealistas subjetivos ingleses hasta llegar a su amado Schopenhauer, se encargó de “desconstruir” el concepto de sujeto con fervor y asiduidad.

5) Quinta y última o “La lectura de la Biblioteca de Babel”: “Arribo ahora al inefable centro de mi relato.” (El Aleph)
Comprenderás que eliminar el concepto de sujeto equivalía a eliminar no sólo al Dios soñador de mi hipótesis sino también a todos los dioses que aparecen en la Obra.
¿Qué nos queda entonces? Nos quedan infinitos sueños sin soñador; nos queda la también infinita Biblioteca de Babel, en donde están todos los libros que muestran todas las posibilidades, pero que también es un sueño.

Teniendo en cuenta los distintos “errores” que he intentado resumir en este trabajo, te propongo ahora que leas la Obra del siguiente modo:
a) Hacer de cada texto particular una lectura denotativa, es decir, que contemple los significados primeros de las palabras para establecer las historias o enigmas primeros que encierran, pero sin dejarse seducir por ningún “efecto realista”.
b) Realizar luego una lectura connotativa (de significados segundos) a fin de establecer los vínculos con las áreas culturales de donde se derivan los sentidos simbólicos y de carácter relativo que constituyen los enigmas segundos.
c) Efectuar una lectura metaconnotativa, es decir, aquella destinada a establecer el sentido último de cada texto vinculándolo con el de la totalidad de la Obra: la de ser, como significado, uno de los tantos sueños sin soñador que la conforman, o lo que es lo mismo, la de formar parte, como significante, de la ilusoria y eterna Biblioteca de Babel que nadie ha escrito, generada por la combinatoria de los veinticinco signos del alfabeto que nadie ha combinado.

Me podrás decir que esta lectura puede ser “falsada” como cualquier otra. ¿Es verdad? ¡Yo aguardo que así sea!
Una sola cosa más quiero confesarte a modo de conclusión: la lectura de la Obra es similar al ajedrez en el cual cada uno de sus lectores se debe enfrentar a una mente genial y poderosa, y en donde cada cual puede transitar por distintos niveles de juego a medida que se va constituyendo como su lector. Es precisamente este carácter lúdico el que hizo que el leer tuviera para mí el mismo sentido que me acompañó desde el principio: el de una fiesta. Por eso la partida continúa.

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