martes, 21 de septiembre de 2010

CONFESIONES DE UN LECTOR DE BORGES

CONFESIONES DE UN LECTOR DE BORGES
Agustín Romano


Lejos de maravillarse, el pensamiento objetivo debe ironizar.
Gastón Bachelard


Advertencia a modo de disculpa

Estimada lectora, amable lector: sabrás por tu propia experiencia que si hay algo difícil en estos momentos, es practicar el viejo arte de la lectura. Pero debo confesarte, desde ya, que el propósito de este pequeño ensayo se me presenta como paradojal.
Por un lado, quiero exponerte alguno de los “paradigmas” por los que he transitado a lo largo de varias décadas de lecturas borgeanas, que tal vez te ayuden a ubicar en qué nivel te encuentras con las tuyas, si es que ya eres un adepto o acaso estás contagiado de la “peste Borges”.
Y por otro lado, quiero – he aquí la paradoja ¬¬– advertirte que casi todos los paradigmas que adopté en algún momento fueron “falsados” en el mejor estilo popperiano y que, en consecuencia, corres el riego de llenarte de confusiones y dudas, o de aumentar las que ya te aquejan; o, en el mejor de los casos, de estar leyendo un trasto que tal vez dentro de muy poco yo mismo haga ingresar al “desván de las teorías desechadas y superfluas”, como ya me ha ocurrido más de una vez.
Mi único consuelo es pensar que a todos los productos de la ciencia les pasó o les pasará lo mismo, según nos enseñan desde distintos tonos el bondadoso Bachelard, el cáustico Popper, el desconstructivo Derridá o el revolucionario Kuhn.
A partir de aquí puedes, por lo tanto, ocupar el tiempo que te llevaría leer esto en escuchar música, pasear a tu perro o estudiar alguna cosa importante. Pero si deseas continuar leyendo, me gustaría que te reconfortaras conmigo pensando, como dice don Gastón Bachelard. que “La conquista de lo superfluo otorga una excitación espiritual mucho más grande que la conquista de lo necesario” porque, como agrega de inmediato, “el hombre es una creación del deseo y no de la necesidad”.

La historia de mis “errores”

Lo que intentaré de aquí en adelante es mostrarte, al modo de ese tipo de psicoanálisis especial del que hablaba el autor de la Filosofía del no, la historia de mis “errores” de lecturas borgeanas.

1) Primera lectura o “Cuando leer era una fiesta”: Borges llegó a mis manos en mi juventud. Y como es de suponer, mi primera lectura fue, como todas las de esa época, típicamente ingenua, hedónica y sin método.
Desde mi adolescencia, solía compartir con un grupo de amigos los autores que cada uno de nosotros iba descubriendo y que luego discutíamos mientras tomábamos café en algún boliche de San Fernando o Tigre, o mate en alguna de nuestras casas.
Kafka, Nietzsche, Platón, Lorca, Marx, Baudelaire, Arlt, Darwin, Neruda, Ingenieros, Freud, Borges y tantos otros, fueron devorados en auténticas fiestas dionisíacas. Pobres autores, ¡qué tonterías no habremos dicho sobre ellos! ¡Qué herejías no habremos cometido!
Pero a pesar de todos los defectos que pudieran tener estas lecturas y sus comentarios, había allí, sin embargo, algo amoroso muy parecido al proceso de “elección de objeto”, ya que gracias a ellas pudimos definir nuestras vocaciones, nuestros gustos literarios y nuestros primeros compromisos políticos.

2) Segunda lectura o “Cuando el sol giraba alrededor de la tierra”: El segundo error de lectura que quiero confesarte, amable amiga o amigo, y ahora sí específicamente sobre Borges, es el de intentar explicar cada uno de sus textos de un modo sistemático en forma “particular y aislada”, partiendo de lo que aparece a simple vista en cada uno de ellos (lo que no nos ahorra complicaciones, si tenemos en cuenta la lectura que realizó Aristóteles del universo a partir de “ver” el sol girando en el cielo).
Así que en este período intenté leer los textos partiendo de un supuesto “realista”. De modo que, por ejemplo, el Zahir, el Aleph, Emma Zunz y los hermanos Nilsen fueron considerados entes reales (dentro de la ficción, se entiende), y que el Poema Conjetural no fue para mí otra cosa que la evocación hecha por Borges de la muerte de uno de sus antepasados.
Varios fueron los métodos que ensayé en este período, con mayor o menor fortuna y eficacia: el estructuralista, el cabalista, el psicoanalítico, el histórico, etc. Para entonces ya había alcanzado en mi formación el nivel universitario.
Del mismo modo, los juegos con el tiempo, el sueño o la irrealidad que se dan en otros cuentos, poemas y ensayos, intenté explicarlos también “aisladamente”, sólo en relación con el texto en donde aparecían.
Pero a medida que avanzaba cuantitativamente en mis lecturas, fui tomando conciencia de las paradojas que se encerraban en la literatura de Borges, y de que no sólo tenían que ver con los conceptos opuestos de sueño y realidad, sino también con los de caos y laberinto, eternidad y tiempo, y otros muchos.
¿Cómo explicar, pongamos por caso, que en la misma Obra aparezcan la idea unitaria que se da en El Zahir y a la vez la de multiplicidad que se halla en El Aleph, y las dos referidas al mismo ente: la Divinidad?
Preguntas de este tipo, como podrá imaginar, hicieron que abandonara las explicaciones aisladas de cada texto para intentar una que pudiera resolver las paradojas y dar cuenta de la Obra como totalidad.

3) Tercera lectura o “El giro copernicano”: El paso siguiente fue, por lo tanto, tratar de encontrar una hipótesis totalizadora que me permitiera integrar no sólo las contradicciones filosóficas, teológicas o de cualquier índole, sino también aunar el material narrativo con el poético, el ensayístico e inclusive con el periodístico.
Tal intento significó tener que dejar de lado lo que se daba “a simple vista” y de un modo manifiesto en cada texto, para buscar los sentidos latentes y finalmente la estructura profunda del sistema que, tal vez, diera coherencia a la Obra.
Desde entonces, te aseguro, la literatura borgeana se me presentó como un único y gran enigma policial en el que cada texto particular representa un misterio – o varios – que es necesario resolver y que, si somos capaces de hacerlo, sólo nos da un indicio o una clave para resolver la Obra como totalidad.
Embarcado en esta lectura, pude comprobar que no existe, como es habitual en el género creado por Poe, el equivalente al último capítulo en donde el detective da la explicación del enigma. En ningún texto particular borgeano se cumple esta función.
La hipótesis que se me presentó como más viable para dar solución a los problemas que se me acuciaban puede ser formulada del siguiente modo:
a) Antes que cualquier otra cosa, la Obra borgeana es una unidad lingüística.
b) A pesar de las apariencias y de las opiniones del autor, este lenguaje sólo denota un único y verdadero ente: Dios.
c) El resto no es más que el conjunto de sueños soñados por Él o de los sueños de sus sueños al infinito.
d) Si en este lenguaje aparecen contradicciones, es porque esta divinidad no tiene como atributo principal la lógica (que, en definitiva, le impondría limitaciones de todo tipo) sino la voluntad y la libertad llevadas al extremo como, por ejemplo, el de poder cambiar el pasado y el futuro o de generar infinitos futuros opuestos entre sí.
No se te escapará, inteligente lectora o sagaz lector, que lo que en definitiva proponía en esta hipótesis era que, tanto Emma Zunz como los hermanos Iberra, los hermanos Nilsen o don Nicanor Paredes, eran productos del sueño del mismo modo que el mago de Las ruinas circulares.
Es indudable que el poder establecer la unidad de la Obra a partir de la similitud o la igualdad de los entes borgeanos tiene sus ventajas, pero notarás que esta hipótesis era de un carácter muy general y que en definitiva equivalía a establecer una total oscuridad en la que todos los gatos eran pardos.
Dentro de la unidad y de la similitud había que contemplar también las diferencias.

4) Cuarta lectura o “La relatividad canta sus salmos”: Al tener que leer a Borges desde la diferencia, lo primero que se me presentó fue la necesidad de tener que discriminar dentro de su lenguaje la producción de zonas significantes que se destacan entre sí de un modo claro y distinto, con el fin de lograr su identidad. Esto me obligó a tener que buscar significados relativos. ¿Pero relativos a qué?
La respuesta hallada en este punto de la lectura me pareció, en su momento, más que evidente. Consistió en vincular cada texto con una cultura específica o, mejor dicho, con más de una.
Así es que cada escrito, cualquiera que fuere – pensé – puede ser identificado con uno o varios ámbitos culturales o considerarlo perteneciente a ellos, luego de efectuar el correspondiente develamiento “policial” al que ya me he referido.
¿Acaso los hermanos Iberra no son una versión de Caín que sigue matando a Abel? ¿O la causa del crimen de los hermanos Nilsen podría tener otra explicación más ajustada a la Obra total que no fuera vinculándola al concepto de areté homérico combinado con el mito platónico del Andrógino?
Es pues – me dije – a partir de los distintos órdenes culturales y de sus interrelaciones que se generan dentro del Gran Sueño, significados cuyo carácter es simbólico y que debemos descifrar reconstruyendo intertextualidades, que no siempre se dan de un modo explícito.
Las culturas griega, latina, cristiana, hebrea, musulmana, americana, oriental, nórdica, germana, criolla y cuantas se te ocurra imaginar se hallan presentes en esta gigantesca maquinaria significante a través de ideas, autores y libros (no siempre de fácil lectura y ubicación o, a veces ficticios) que al combinarse dan como resultado repeticiones, variaciones y oposiciones al infinito.
Te puedo asegurar, querida amiga o querido amigo, que en este tipo de lectura todo iba muy bien. Basado en esta hipótesis di innumerables charlas y cursos como profesor.
Pero... ¡siempre hay un pero! Un día descubrí que el fundamento en que esta lectura se asentaba era falso. El Dios soñador, el que generaba todas las posibilidades y todos los mundos posibles, el único sujeto existente, el eje de toda la Obra, tampoco existía.
Quien se encargue de leer minuciosamente a Borges podrá comprobar que ya desde sus trabajos juveniles, cuando utilizaba a los griegos con Zenón de Elea a la cabeza, seguidos por los idealistas subjetivos ingleses hasta llegar a su amado Schopenhauer, se encargó de “desconstruir” el concepto de sujeto con fervor y asiduidad.

5) Quinta y última o “La lectura de la Biblioteca de Babel”: “Arribo ahora al inefable centro de mi relato.” (El Aleph)
Comprenderás que eliminar el concepto de sujeto equivalía a eliminar no sólo al Dios soñador de mi hipótesis sino también a todos los dioses que aparecen en la Obra.
¿Qué nos queda entonces? Nos quedan infinitos sueños sin soñador; nos queda la también infinita Biblioteca de Babel, en donde están todos los libros que muestran todas las posibilidades, pero que también es un sueño.

Teniendo en cuenta los distintos “errores” que he intentado resumir en este trabajo, te propongo ahora que leas la Obra del siguiente modo:
a) Hacer de cada texto particular una lectura denotativa, es decir, que contemple los significados primeros de las palabras para establecer las historias o enigmas primeros que encierran, pero sin dejarse seducir por ningún “efecto realista”.
b) Realizar luego una lectura connotativa (de significados segundos) a fin de establecer los vínculos con las áreas culturales de donde se derivan los sentidos simbólicos y de carácter relativo que constituyen los enigmas segundos.
c) Efectuar una lectura metaconnotativa, es decir, aquella destinada a establecer el sentido último de cada texto vinculándolo con el de la totalidad de la Obra: la de ser, como significado, uno de los tantos sueños sin soñador que la conforman, o lo que es lo mismo, la de formar parte, como significante, de la ilusoria y eterna Biblioteca de Babel que nadie ha escrito, generada por la combinatoria de los veinticinco signos del alfabeto que nadie ha combinado.

Me podrás decir que esta lectura puede ser “falsada” como cualquier otra. ¿Es verdad? ¡Yo aguardo que así sea!
Una sola cosa más quiero confesarte a modo de conclusión: la lectura de la Obra es similar al ajedrez en el cual cada uno de sus lectores se debe enfrentar a una mente genial y poderosa, y en donde cada cual puede transitar por distintos niveles de juego a medida que se va constituyendo como su lector. Es precisamente este carácter lúdico el que hizo que el leer tuviera para mí el mismo sentido que me acompañó desde el principio: el de una fiesta. Por eso la partida continúa.

martes, 7 de septiembre de 2010

CARLOS GARDEL: TRES VERSIONES DE UN MITO

CARLOS GARDEL: TRES VERSIONES DE UN MITO



Hagamos pues un Dios a semejanza
de lo que quisimos ser y no pudimos.
“Gardel”, de Humberto Constantini

Muchas veces se ha dicho que Carlos Gardel es un mito. Y como tal, tanto argentinos como uruguayos pretendemos adueñarnos de él.
En ambas orillas y en varias ocasiones, se han expuesto argumentos “más que valederos” para comprobar “la verdad” del paradigma defendido por cada país.
Por otra parte, el mito gardeliano tiene también una tercera variante: es la que el cine norteamericano nos da.
En este nuevo aniversario de su muerte, no pretendemos entrar en polémica ni demostrar ninguna de las “verdades” que en este momento se debaten en torno a Gardel, sino – simplemente – desplegar el mito en cuanto mito y acercarnos un poco a su comprensión. Obramos así porque consideramos que el mito tiene más fuerza sobre lo real que la misma verdad. Nadie podrá comprender la marcha de la historia si no comprende los mitos que la constituyen. Porque ellos tienen que ver con los campos de representación simbólica, capaces de organizar las conductas colectivas de cada época con las identidades y con los valores y esperanzas de los pueblos. Nos mueve también, lo confesamos, la admiración inmensa que sentimos por don Carlos, tal vez una de las figuras más relevantes de la cultura popular argentina, uruguaya e internacional del siglo XX (no en vano, su voz ha sido declarada por la UNESCO “patrimonio de la humanidad”).


I
Los mitos

La pregunta que cabe aquí es la siguiente: ¿qué cuentan los argentinos y los uruguayos cuando hablan de Gardel y qué cuenta el cine norteamericano?

1. El relato argentino.

Para la memoria de los argentinos, Gardel nació en Toulouse (Francia), el 11 de diciembre de 1890. Fue anotado bajo el nombre de Charles Romuald Gardes, que luego cambiaría por el de Carlos Gardel, hijo de Berthe Gardes y de padre desconocido. Llegó al país en 1893 con su madre, planchadora de profesión. Se radicaron en el barrio porteño del Abasto, que más tarde le serviría para forjarse una identidad y ser reconocido como el morocho del Abasto. Hizo su escuela primaria con los salesianos y tuvo como compañero a Ceferino Namuncurá (el hijo del cacique, hoy en camino de ser canonizado). Las calificaciones de Gardel fueron siempre excelentes. Frecuentó desde muy temprano el ambiente teatral y el famoso barítono Titta Rufo le dio lecciones de canto. Formó dúo con José Razzano y se dedicaron a las canciones camperas. Luego, como solista, llegó a ser considerado el más grande cantor de tango de toda la historia. Triunfó en París. El cine lo catapultó a la fama internacional. Su primera película – muda – fue realizada en Argentina, Piel de durazno (1917). También filmó en Francia y en Estados Unidos. Desde 1932 tuvo como guionista a Alfredo Le Pera, con quien compuso muchos de sus éxitos musicales. Gardel murió en un accidente aéreo en Medellín (Colombia) el 24 de junio de 1935.
El Gardel argentino es, como dice Isidoro Blaisten “el mejor amigo, y por eso lo aman los hombres; el más hermoso, y por eso lo aman las mujeres; el mejor hijo, y por eso lo aman las madres”. Existen varias películas, novelas, ensayos históricos, biografías y también asociaciones gardelianas que defienden esta postura.
Pero donde el mito alcanza su más alto valor arquetípico es en el filme de Pino Solanas Tangos, el exilio de Gardel. Dice el cineasta: “Fue allí donde puse un encuentro entre Gardel y San Martín: dos representaciones mitológicas, el Pueblo y la Nación. El prototipo nacional por excelencia, el austero San Martín; y el alma tierna y solidaria, el símbolo de la amistad y del amor, Carlos Gardel”.

2. El relato uruguayo

Para la memoria uruguaya, Gardel nació en la estancia Santa Blanca, segunda sección judicial del departamento de Tacuarembó –como vemos, nombre aborigen– el 11 de diciembre de 1883. Su padre fue el coronel Carlos Escayola, un señor al mejor estilo feudal, que solía ejercer “el derecho de pernada” y a quien se le atribuyen más de cincuenta hijos, algunos de ellos, reconocidos. Carlos no tuvo esta suerte. El nombre de su madre es incierto. Se suele hablar de María Lelia Oliva, una adolescente de 14 ó 15 años, que se sospecha hija del propio Escayola. El nacimiento de Gardel sería, entonces, producido por un incesto, lo que justificaría la intención del padre de desprenderse de él. Como posible madre se habla también de Manuela Bentos y de la propia Berthe, quien por entonces habría andado por Tacuarembó ejerciendo la prostitución.
La versión que se apoya en María Lelia Oliva asevera que, después de su nacimiento, el niño fue entregado a Manuela Casco, una criada de la estancia. Luego –se dice– fue llevado al Barrio Sur de Montevideo, a la casa de una sobrina de la familia, y que, por último, fue entregado a Berthe para ser traído a Buenos Aires.
La versión que se apoya en Berthe afirma que, luego del nacimiento, ella regresó a Francia, donde pasó un tiempo. Volvió al Uruguay para recoger a su hijo, con el que, finalmente, se radicó en Buenos Aires. Esta versión del viaje de Berthe a su país cuenta con la variante de que el niño recogido a su regreso no sea su hijo sino el de María Lelia o cualquier otra, pero abre una posibilidad muy interesante, como luego veremos.
Sin duda, la historia del abandono por el lado del padre y la incertidumbre por el lado de la madre no preparan al Gardel uruguayo para una existencia feliz.
Toda su vida será una lucha por tratar de recuperar el lugar perdido. Pero el relato uruguayo, a partir de estas carencias básicas, abre la posibilidad de penetrar en el lado oscuro del héroe, y también de plantearlo como un antihéroe.
La novelística uruguaya, especialmente la de la década del noventa, nos dará una versión desoladora y cruel del mito.
En obras como Tacuarembó esquina Carlos Gardel, de Johns Slavo, Los secretos del coronel, de Susana Cabrera o en La noche en que Gardel lloró en mi alcoba, de Fernando Butazzoni, se irá desplegando –a partir del carácter inmaduro y depresivo del cantor– la búsqueda de la madre que nunca tuvo.
La narrativa uruguaya muestra también en la figura de Escayola el poder de un señor feudal, dueño absoluto de vidas y haciendas, típico de un país latinoamericano. En la obra de Butazzoni, asistimos a la configuración arqueológica del antihéroe a través de las imágenes del “compadrito” 1, el “malandra” 2, el “cafishio” 3, el “homosexual” ligado al mulato Juan Bautista Peñaflorida, apodado “el bonito”, o la del “delincuente” encarcelado en Ushuaia. Estas imágenes preceden a la del triunfador, a la del “astro cinematográfico” que se impuso después.

3. El relato norteamericano

El relato que construye el cine estadounidense, antes que nada, se ajusta a ciertos prototipos propios del mundo del espectáculo de los años treinta. Frecuentemente nos muestra la figura de un Gardel cuarentón, perfectamente peinado, vestido de frac, galera, con pañuelo de seda al cuello, semejante a la imagen de Bela Lugosi, Clark Gable, Fred Astaire o tantos otros galanes de la época.
Este perfil es digno de considerarse porque en él se va a apoyar gran parte de la iconografía del culto gardeliano.
La historia subyacente que se puede armar a partir de los relatos cinematográficos es muy sencilla. Es la historia tantas veces contada de alguien que quiere triunfar. En el caso de Gardel es la historia de un porteño, quien –lejos de Buenos Aires– vive añorándolo y que, al fin, logra su propósito de que se imponga el tango en Broadway.
El carácter del personaje que nos muestra este relato es el de un buen hombre, sencillo, amable y pulcro, que a veces suele sumirse en la nostalgia y la tristeza, pero que es –sobre todo – poseedor de una voz excepcional, llave maestra de su triunfo.
A pesar de la sencillez del conflicto, creemos que –debajo de esta historia– podría ocultarse algo muy personal.
Lo que vamos a decir a continuación es pura conjetura –como todas las cosas que se dicen acerca de Gardel –, por lo tanto no es prueba a favor de ninguna de las versiones del mito. Pero eso sí, creemos que podría reforzar una de ellas.
Desde Melodía de arrabal (1932), filmada en Francia, hasta Tango bar (1935), filmada en Norteamérica y última película de Gardel, todos los filmes argumentales que él interpretó tuvieron guión de Alfredo Le Pera, con quien el cantor formó un auténtico equipo musical y cinematográfico.
Visto a grandes rasgos, el Gardel real se parece bastante al personaje de los guiones de Le Pera. La lucha por triunfar, el atildamiento en el vestir, la afición al turf, el tono porteño y la melancolía, elementos propios de Gardel, suelen aflorar a cada momento en los personajes que interpreta. Esto nos da pie para afirmar, más allá de la calidad de su actuación, que Gardel en sus películas se interpreta a sí mismo. Esto no es para nada extraño si recordamos que en 1930 filmó diez cortos en los que habla en su propio nombre; o cuando en 1933 regresa a Buenos Aires y participa de un espectáculo teatral denominado De Gabino a Gardel, en donde es obvio que tuvo que interpretarse a sí mismo. Este fenómeno puede estar justificado por su inexperiencia como actor y por la celeridad con que tenían que trabajar, circunstancias que no permitían grandes composiciones interpretativas.
No es difícil pensar, entonces, que a la hora de crear un guión –tarea en la que, se sabe, Gardel participaba – hayan elegido con Le Pera una historia conocida, fácil de interpretar.
El mimetismo entre la persona y el personaje del cine, que ya hemos mencionado, se profundiza y tiende a parecerse en muchos elementos a la versión uruguaya del relato.
En Melodía de arrabal, Torres, el personaje que encarna Gardel, es un ladronzuelo que tiene la afición de cantar y que, por amor a una profesora de música, cambia de nombre y termina convirtiéndose en un hombre de bien.
En Cuesta abajo, también por amor, para cumplir los caprichos de una coqueta, vemos descender al protagonista a la condición de gigoló.
En El día que me quieras, Julio Argüello, hijo de un hombre poderoso, es despreciado por éste, que no consiente que se case con una muchacha pobre y artista. Después de robarle para poder casarse, Julio huye y cambia su apellido por el de Quiroga. Hundido en la pobreza, no puede evitar que muera su mujer, quien le ha dado una hija. Sin embargo, Julio logra triunfar como cantante. Con el tiempo la situación se vuelve a repetir; su hija se enamora de un joven distinguido, cuyo padre y el de Julio, muerto en ese entonces, han sido amigos. También él se opone a esa relación, por ser la muchacha hija de un artista. Finalmente, Julio Argüello logra recuperar su prestigio social y su identidad cuando el padre del muchacho logra reconocerlo.
En Tango bar y en El tango en Broadway, los protagonistas logran el éxito y consiguen que triunfe el tango en Norteamérica.


II
Reflexiones

Aquella tecnología – que tenía al hierro y al bronce como objetos y la fragua, el yunque y el martillo como instrumentos – no podía formar una imagen del héroe que no fuera la de un guerrero valiente, capaz de vestir las armaduras y empuñar las armas que ella forjaba, y cuyas hazañas eran difundidas en forma oral o a través de la escritura manuscrita. En cambio, aquellas tecnología que tienen la electricidad como base, son duda, han de concebir héroes diferentes. Así Gardel es el héroe típico de los “tiempos eléctricos”. La base de su difusión va a estar determinada por tres tecnologías dependientes de la electricidad: la radio, el disco y la cinematografía. Las tres provocadoras de lo que podemos denominar presencias virtuales, capaces de difundir los mensajes a áreas geográficas que abarcan todo el planeta y conservarlos y repetirlos en el tiempo tantas veces como se quiera. De este modo, Gardel pasó a ser “sujeto virtual”. Y sujeto tanto del enunciado como de la enunciación. Es decir, en tanto sujeto del enunciado (sujeto de lo que se cuenta), él nos narra su propia vida; y, en tanto sujeto de la enunciación (el que emite el mensaje narrativo), es él quien actúa como emisor de su propia historia.
Al Jonson en El cantor de jazz, primera película sonora, había realizado algo similar sobre la base de su propia biografía. En definitiva, cuenta la misma historia: la lucha de alguien por lograr el triunfo como cantante.
Así tenemos la historia de dos “triunfadores”, uno de origen judío y otro de origen latino, que inauguran el género de tipo “autobiográfico”, el cual hará larga carrera en el cine de todos los países.
La nueva “paideia” – modelo humano promovido por la educación, la religión, el arte, etc. que establecen las modernas tecnologías eléctricas – es la de un individuo que, gracias a su talento artístico, logra triunfar mediante su voluntad, a pesar de todos lo inconvenientes que pudiera tener en los circuitos virtuales que están afirmándose y que representan valores no sólo estéticos sino también éticos.
Es sobre este trasfondo que debemos analizar y comprender las particularidades que asume cada una de las versiones del mito.


1. El mito argentino

El mito argentino es esencialmente urbano. Es la historia de un inmigrante de origen europeo que viene a América a abrirse paso y a hacerse de un lugar. La carencia de un padre afirma su falta de ligazón con el pasado y aumenta su voluntad de hacerse a sí mismo sin deberle nada a nadie. Su imagen se irá adornando con los valores que el medio sustenta: una educación privada y religiosa, la “pinta” 4 que envidiará cualquier “cacatúa” 5, valores artísticos derivados del teatro y la ópera, su vinculación barrial al Mercado del Abasto –símbolo de un país rico – el triunfo en París –tan grato a los argentinos – y el triunfo final como astro cinematográfico.
En los años de la década del ’30, década de crisis económica e institucional, cuando el modelo agroexportador comienza a deteriorarse y la desocupación genera las primeras “villas miseria”, Gardel es el poseedor de todo lo que el argentino sueña. Y será el amigo por excelencia, capaz de ayudar a todos. Más tarde, en las épocas terribles de los ’70 –junto a San Martín, arquetipo de la Nación – pasará a ser la encarnación ideal del pueblo perseguido y exiliado.


2. El mito uruguayo

Este mito es fundamentalmente agrario. Es una historia de alguien que lucha por recuperar su lugar y su identidad. Su origen está ligado a un territorio con recuerdos de culturas aborígenes. La carencia de una madre significa la falta de una figura protectora, dadora de afecto, incapaz de poner límite a un poder arbitrario y absolutista encarnado en un representante de la casta militar y feudal. Las arbitrariedades de este poder serán las causas de la caída en la abyección. Su formación artística tendrá un carácter campesino y popular. La desterritorialización del “Gardel uruguayo” será una de sus características permanentes, acompañada de una imborrable nostalgia, que el cantará como nadie en los tangos que compuso con Le Pera:

Y aunque no quise el regreso,
siempre se vuelve al primer amor. 6

O si no:
Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida. 6

O también:
Si arrastré por este mundo
la vergüenza de haber sido
y el dolor de ya no ser. 7


3. El mito norteamericano

Para la época de Gardel, Estados Unidos ya se ha erguido como un país eminentemente industrial y tecnológico que se está preparando para disputarle la hegemonía mundial a Inglaterra. Ha logrado crear una “industria cultural” que circula por “redes” que abarcan todo el mundo. Los fabricantes de películas, de discos, las empresas de radio y las editoriales de historietas o de libros no sólo imponen los productos culturales que fabrican y que tienen la finalidad de ser vendidos como mercancías, sino que también transmiten mensajes ideológicos acordes con sus fines.
Rodolfo Valentino, Charles Chaplin, Carlos Gardel, Greta Garbo, Bela Lugosi y tantos otros llegarán de todo el mundo para alimentar la fábrica de sueños y, desde allí, serán relanzados a través de los productos que se hicieron con ellos en los mercados de sus propios países y del mercado mundial después.
El cowboy, el artista triunfador, Tarzán, Superman, el pirata, el detective privado, el ratón Mickey, caballeros andantes, reyes y reinas de todo tipo y tantos otros héroes o superhéroes serán los nuevos mitos portadores de la ideología, cuyo más alto valor es el éxito. Mientras atraen las miradas de todos, mostrarán que Norteamérica es el lugar a donde hay que emigrar para lograrlo.


III
A modo de conclusión

Decíamos que los mitos son los campos de representación simbólica capaces de organizar las conductas colectivas de cada época. Esto nos permite entender por qué los griegos difícilmente hubiesen enfrentado con valor las invasiones de los medos y persas si no se hubieran sentido protegidos por los dioses homéricos; por qué los europeos jamás hubiesen realizado las Cruzadas sin la confianza que les daba Cristo para recuperar el Santo Sepulcro; por qué los españoles seguramente no hubiesen emprendido la conquista de América si sus fantasías no hubieran estado alimentadas por los ideales heroicos de los libros de caballería o por las leyendas de ciudades maravillosas en donde todo era de oro y plata; por qué los jóvenes norteamericanos no se hubiesen alistado con gusto en el ejército para ir a la guerra si el cine no les hubiera mostrado qué divertido era ir a pelear.
Pero el mito no sólo recoge deseos guerreros. En realidad, se hace cargo del hombre en todas sus dimensiones y se configura con parte de su historia, sus sueños y fracasos. El mito es lo que somos o lo que queremos ser.
Probablemente nunca conoceremos la verdad sobre Gardel. Pero no importa, él seguirá siendo nuestro espejo, tanto para argentinos como para uruguayos o para cualquier persona capaz de emocionarse cuando lo escuche cantar:

Sus ojos se cerraron
y el mundo sigue andando. 8

Agustín Romano

Lunfardismos y argentinismos: 1 Compadrito: orillero, engreído, pendenciero. 2 Malandra: maleante, persona de mal vivir. 3 Cafishio, cafisho, cafisio o cafiolo: proxeneta, rufián. 4 Pinta: Aspecto, presencia, elegancia, apostura de una persona. 5 Cacatúa: individuo sin clase, mediocre, que intenta llamar la atención con su vestimenta.
6 Volver (fragmento): Tango, 1935. Letra: Alfredo Le Pera. Música: Carlos Gardel.
7 Cuesta abajo (fragmento): Tango, 1934. Letra: Alfredo Le Pera. Música: Carlos Gardel.
8 Sus ojos se cerraron (fragmento): Tango, 1935. Letra: Alfredo Le Pera. Música: Carlos Gardel.